La Consciencia Colectiva en un Mundo Individualista

Posted in Gestión on Noviembre 10th, 2007 by sambahpress

Los años del nacionalismo europeo en los que Emile Durkheim (1975) cuajó las líneas principales de su pensamiento sociológico y educativo, no distan mucho de los retos actuales de la educación en México.

Aquella socialización metódica de la joven generación - como podría definirse su concepto de educación- no ha dejado de ser una necesidad, y la verdad es que ha llegado a convertirse en una condición imprescindible para rescatar lo humano en el interior de un ser que se abisma y se anonada en el desenfreno materialista y tecnológico: el hombre.

No obstante, en aquellos días no dejaba de ser contradictorio que, al tiempo en que cada sociedad nacional luchaba por identificarse y cohesionarse, al mismo tiempo, esa dicha “identidad nacional” no significaba sino el aislamiento en un nivel internacional (con las funestas consecuencias de dos guerras mundiales, que ya conocemos).

Hoy, tal contradicción – aunque en un plano sociológico distinto- aparece por ejemplo en los idearios de progreso y crecimiento personal de la educación de la clase media (Bernstein) donde, al tiempo que se enseña la competitividad como una habilidad profesional de prioridad, se enseña también la necesidad del trabajo colaborativo.

No es casual que importantes instituciones educativas estén dirigiendo sus esfuerzos pedagógicos a subrayar la capacidad de socialización como habilidad por excelencia a desarrollar en los programas de enseñanza.

Cito textual las palabras que leí en el más reciente número de la revista: Indivisa Manent (Universidad La Salle, Enero 2000) y que advierten con sorpresa de un proceso de rediseño educativo que en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, y en muchas otras instituciones, conocemos ya desde hace un tiempo:

” Cuando muchos de nosotros creíamos tener un método de aprendizaje, ahora encontramos que hay que aprender a aprender, pero en grupo y aún más; debemos crear organizaciones que aprendan, o buscar vincularse a ellas por su alta capacidad competitiva. Esto implica una transición del conocimiento personal al conocimiento colectivo, compartido.”

Este sonado retorno al ser social del hombre, ante el fracaso –parcial por lo menos- del individualismo pregonado por Pestalozzi (1996) y Neill (1973), no debe hacernos echar “campanas a vuelo”. Hacer conciencia de grupo o sociedad no implica automáticamente generar apertura dialógica en el ser del hombre. Por el contrario, las investigaciones de psicología social llevadas a cabo por Deutsch (1949) confirmaron que la situación cooperativa no se encuentra, en la vida real, perfectamente demarcada con respecto a una situación competitiva, y que – por ello- la tendencia de moda en la educación (trabajos en equipos, coevaluaciones, aprendizaje colaborativo) puede despertar un retraimiento de la persona individual a causa del ambiente de competencia que genera una situación en apariencia colaborativa. Años más tarde, Seidman, Bensen y Miller (1957) demostraron la relación inmediata entre timidez y coevaluación.

¿Cuál es entonces el justo horizonte donde el ser individual y el social

- como Durkheim los distinguía- tienen su exacto punto de contacto y realización?

Desde Comenio (1999) la discusión no ha callado. Según su Didáctica Magna:

” No requiere otra cosa el arte de enseñar que una ingeniosa disposición del tiempo, los objetos y el método. Si podemos conseguirla, no será difícil enseñar todo a la juventud escolar, cualquiera que sea su número, como no lo es llenar mil pliegos diariamente de correctísima escritura, valiéndonos de los útiles tipográficos. Intentemos, pues, en nombre del Altísimo, dar a las escuelas una organización que responda al modelo del reloj, ingeniosamente construido…” (1999)

Y aunque pueden parecernos estas, voces de un pasado sepultado. En su esencia, apuntan al fondo de esta reflexión.

Comenio (1999) apostaba a un orden. Y con ello, a la capacidad inherente en el hombre de apropiarse de él. Durkheim, por su parte creía que el hombre no estaba predispuesto a someterse a una autoridad política y a respetar una disciplina moral, pero que la educación podía inculcar esta conciencia colectiva.

Claro que leído esto con los lentes interpretativos del marxismo, por ejemplo, podríamos abortarlo como una mera ideologización por parte de las clases dominantes; o, a lo mucho, interpretar esta conscience collective como una justificación del estado de cosas reinante (aún me atrevo a decir, como proceso de nuestro inconsciente para evitar la disonancia cognitiva entre lo que somos y lo que quisiéramos ser ) (Bowles) .

Sin embargo, llevada esta reflexión a profundidad y por abstracto que nos parezca el camino, podemos acceder bien al cuestionamiento fundamental que nos legó Durkheim: ¿es posible una solidarité sociale (solidaridad social) ?. O en otras palabras: ¿hay en verdad un ser social, el cual estamos llamados a construir?

Estas preguntas, aunque formuladas a partir de un pensamiento de finales del s. XIX, no han perdido ni su valor ni su actualidad. Por el contrario, la mejor muestra de su importancia la tenemos en el análisis que podemos hacer ahora de un siglo como el pasado, en el que la vida humana en su totalidad se puso en constante riesgo. Las voces de “voluntad general” de Rousseau; de “consenso” de Comte; o de “conciencia colectiva” de Durkheim, de finales del siglo XIX, fueron apagadas. En su lugar, apareció el culto a la libertad individual y el repudio a las reglas y al orden que alguna vez Comenio considerara como el ser mismo del hecho educativo. La razón histórica de ello, sin embargo, es más compleja. Es un dato objetivo de la historia que aquellas consignas ya citadas de “voluntad general” y “conciencia colectiva” sirvieron al final sólo para justificar pretensiones imperialistas e intereses racistas. El “ser social” del hombre - que pregonó Durkheim- , lejos entonces de hallarse, se escondió más hondo y no le fue entonces difícil correr al “paraíso” de la exaltación del individuo. Desde el “individuo existente” de Kierkegaard , hasta el dasein de Heidegger, toda la filosofía existencialista dio voces en defensa del valor de la existencia individual y en contra de la vida del “sistema” .

Hoy, de cara a un nuevo siglo, la vuelta a la educación social del hombre parece un camino inevitable. Como ya lo dijimos arriba, las instituciones educativas ensayan estrategias de aprendizaje colaborativo ante la innegable necesidad de competitividad de la empresa moderna.

Parece, no obstante, que la motivación real de esta “socialización” no es precisamente el bien social, sino el individual nuevamente. De hecho, Morton Deutsch (1949) define una situación cooperativa como aquella en que los objetivos (goal regions) de los individuos en una determinada situación son de tal naturaleza que, para que el objetivo de un individuo pueda ser alcanzado, todos los demás integrantes de dicha situación deberán igualmente alcanzar sus respectivos objetivos. En otras palabras, el énfasis real del aprendizaje colaborativo sigue en el ser individual del hombre y no en su ser social.

Aspirar al “alma colectiva de Durkheim no se reduce a meros ejercicios didácticos. El asunto de fondo es rebuscar en el ser mismo de la educación.

La vieja disyuntiva entre el educare (guiar a otro) y educere (hacer salir) que durante muchos años campeó en las discusiones de la paidea griega, no ha dejado de ser reto de la tarea educativa.

Es hora de disponernos al verdadero y fundamental encuentro que implica la educación: el encuentro de nosotros mismos con nuestro ser interior y con nuestro ser social que, a lo mucho en la presente sociedad, lo hemos sólo bosquejado en una grotesca caricatura de comunidad que no va más allá de una mera suma de individualidades.

Volver a escuchar voces como las de Durkheim que nos alertaron al final del s.XIX de la deshumanización que pudieron intuir en las modernas sociedades de entonces, puede parecernos tanto como perder un siglo. No escucharlas de nueva cuenta puede significar más: quizás…perdernos para siempre.

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